Cuando decides ver una de esas películas clásicas, de las
que has oído hablar y de las que sabes que ocupan un lugar importante en la
historia del cine, de alguna forma partes con unas expectativas muy altas, tan
altas que en algunas ocasiones no se cumplen. Suerte que este no es el caso de
Matar a un ruiseñor.
Dejando a un lado su deslumbrante fotografía, su conmovedora
banda sonora, su increíble guión y la mágica dirección de Robert Mulligan, además
de la fantástica interpretación que hacen los protagonistas, Matar a un ruiseñor me ha sorprendido por la
cantidad de valores que es capaz de trasmitir. Valores representados en su mayoría
en la figura y en los actos de Atticus Finch (Gregory Peck) , un abogado
que defiende a un hombre negro acusado de haber violado a una mujer blanca.
Estos valores tan complejos son explicados, o más bien puestos en práctica, de
una forma tan sencilla que me asombra. Son vistos desde los ojos de los dos
hijos de Atticus, de forma que hasta un niño los puede entenderlos. Además, los
ojos de estos niños no sólo dan cuenta de estos valores. Son testigos además de una época
social muy convulsa de la América de la Gran Depresión, donde negros y blancos pertenecían
a dos mundos distintos. Realidad que la película es capaz de representar de una
forma magistral.
En conclusión, de lo único que me arrepiento es de no haber visto
antes esta obra maestra que, sin lugar a
dudas, forma parte de esa lista de películas que todo el mundo debería ver, al
menos una vez en la vida.
